Las reflexiones de la Abuela

COMO GESTIONAR UNA DECEPCIÓN

Una de mis grandes preguntas siempre ha sido cómo aprender a gestionar las decepciones. Sobre todo cuando a un ser querido se refiere.

Sin querer, siempre nos llevamos alguna en la vida. Unas veces son más grandes que otras. Pero lo bueno es que de todas ellas algo aprendemos.

Cuando somos pequeños, nuestra mente se comporta cuál esponja. Y, sin darnos cuenta, vamos adoptando referentes en nuestras vidas. Personas cercanas a nosotros que idolatramos y ponemos en un pedestal.

Erróneamente creemos que esas personas son perfectas (o casi) y queremos ser como ellas.

Pero uno va creciendo y los pajaritos de la cabeza van dispersándose. Empezamos a tener los pies más en el suelo. ¿Y qué le pasa al suelo? Que nos vamos encontrando piedrecitas, piedras, pedruscos, rocas e incluso cadenas montañosas.

Y aquella persona que teníamos en lo más alto, se nos cae. Quizá no ha hecho nada malo. Simplemente no ha cumplido tus expectativas.

¿Y por qué?

(Yo es que soy mucho de preguntarme el porqué de las cosas, demasiado).

Cada cual tiene una percepción de la vida en base a sus experiencias, su forma de ser y sus valores. El tema es que la percepción, querido/a amigo/a, es tan subjetiva como la belleza.

Lo que para mí pueda ser gris, resulta que para ti es negro. Y así todo.

Yo me he dado (y me sigue pasando) cabezazos contra la pared ante algunas actitudes que para mí no son “normales”. Pero, ¿qué es lo normal?

Y no es que no sean “normales”, es que no encajan en mi percepción de la realidad. Y a todos nos gusta que el mundo encaje con nuestra realidad. Seguro que a ti también te pasa.

¿Y qué ocurre cuando algo no nos encaja? Aquí vienen las decepciones.

Hay muchas formas de que nos decepcionen. Por ejemplo, a veces alguien nos decepciona con sus comportamientos o, simplemente, no tiene la vida que quisiéramos que tuviera (esto les pasa sobre todo a los papás). Esto es así porque, sin querer, somos exigentes con nosotros mismos y con los que más queremos. Y nos construimos  unas expectativas hacia esa persona que no vemos cumplidas.

Juzgamos a las personas y las situaciones según nuestra forma de ver la vida y de cómo deben ser las cosas. ¿Pero somos nosotros los que tenemos la posesión de la verdad? En el fondo sabemos que no. ¿Quién la tiene?

A mi parecer nadie.

Y cuanto mayor es el lazo emocional, más grande es la decepción que nos llevamos.

Por tanto, ¿qué podemos hacer para gestionar las decepciones?

(No dispongo de la guía definitiva para combatirlas, pero os diré algunas cosas que a mí sí me sirven).

  • No podemos pretender que los demás sean y se comporten como nosotros. Nuestra forma de ser, nuestra vida y nuestros comportamientos tampoco son perfectos.
  • Adiós a las altas expectativas. Las personas perfeccionistas (como yo) tenemos una lucha constante por hacerlo siempre mejor. Nunca es suficiente. Nos auto exigimos mucho y a los demás también. Y ahí es cuando viene la ansiedad y las decepciones por las expectativas no cumplidas.
  • Ejercicio de empatía. Esa persona que “te ha fallado” tendrá sus razones y circunstancias para comportarse o hacer las cosas como las ha hecho. Piensa si realmente está haciendo algo malo con su vida o contigo. Si tú consideras que esa persona está equivocada, el tiempo es el gran sabio que lo dirá. Las personas debemos tener la libertad de acertar o errar por nosotras mismas. Si realmente quieres a esa persona, acéptala tal y como es. Lo que sí puedes hacer es expresarle tu opinión (no se la impongas) y apoyarla en todo aquello que puedas y quieras.

Y con esto, estrenamos la sección:  Las reflexiones de la Abuela.

Contadme cómo gestionáis vosotros las decepciones. Gracias una vez más por estar ahí detrás de la pantalla. Un abrazo!

Joven Economista. Valenciana de cuna. Experta en nada. Observadora en todo. Admiradora de las abuelas y los abuelos, sabios y eternos.

2 Comentarios

  • @vivet09

    Pues la verdad es que cuando era pequeña me llevaba muchas, muchísimas, porque encima de perfeccionista, era sensible. Pero me di cuenta que el problema no estaba en los demás, sino en mi misma. En mi manera de mirar a la gente. Fui madurando y exigiendo menos a los demás, pero si alguna vez, aun así, me decepcionaba, intentaba mirar los motivos y si realmente para mí significaba mucho, intentaba modificar lo que me hacía daño. Si era una persona, pues… le decía adios.
    En fin.. las decepciones son jodidas, jajajajja y saber aceptarlas es cuestión de madurez.

    Besotes

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